Un descuido pendejo
Por Víctor Francisco Paz Fuentes
Desde que la violencia urbana aumentó tanto y tan rápidamente en México, la seguridad obsesionó a Rigoberto; lo que menos quería era un muerto en casa. Por eso tenía dos cámaras fijas al frente. Una rotatoria, cubriendo la calle en ciento ochenta grados. Un par más a ambos lados, considerando accesos inadecuados de los vecinos o por cualquier otro descuido pendejo. Dos más atrás, barriendo el patio desde ángulos opuestos. La preferida, otra de sus bellezas rotatorias, en la sala. Una más en la cocina, otra en la lavandería y dos más en los pasillos interiores (con vista parcial a cada cuarto) Todas de alta definición y visión nocturna. Con audio en ambos sentidos, filmación en tiempo real por detección de movimiento, grabando directo a la nube. Las accedía y controlaba fácilmente, utilizando computadoras o celulares desde cualquier parte del mundo.
- ¡La cámara se volvió a dañar! Se está moviendo.
A papá lo que más le disgustaba (aparte de los poquísimos déjà vu) era la precisión y calidad del enfoque. Como abogado, conocía de sobra que los entuertos legales a veces liberaban culpables o condenaban inocentes echando raíces por entre la carencia de pixeles. En consecuencia, no cesaba de probarlas una y otra vez, ajustando los mecanismos giratorios, calibrando el enfoque, tomando fotos, videos etc.
- ¿De nuevo se está moviendo sola?... Ay bebé lindo, vamos a tener que quitarla.
Sin embargo, de un tiempo para acá le molestaba aún más no poder ver claramente aquel nuevo retrato al centro del aparador cuya nota al pie decía:
“Rigoberto Sánchez, gran padre y amado esposo, descansa en paz.
Tu esposa e hijo”